martes 28 de octubre de 2008

Capítulo 5 – Alarmando al ciudadano

Justo cuando lograba captar la atención de la rubia que estaba en la barra, justo cuando había aceptado tomar una caña legui conmigo (yo no tomo alcohol, pero ante la rubia que ahora parecía pelirroja había hecho una excepción), justo cuando empezaba a sentir cuatro manos acariciándome (había aparecido una morocha de pelo enrulado y ojos verdes) empezó a sonar esa maldita alarma que me arrancó de cuajo de mis ensueños y no me dejó disfrutar de la ilusión de ser el Rey Seductor. Me negaba a entregarme a las garras de la realidad, no en ese momento en que por primera vez varias mujeres se disputaban mi atención. Enterré mi cabeza bajo la almohada pero la alarma sonaba escandalosamente fuerte. Ululaba, ululaba, ululaba sin parar. Yo luchaba por mantenerme del otro lado del sueño, retener el hilo del mundo inmaterial, pero no había caso. Se me escurría como el agua entre los dedos. El estruendo no me permitía oír lo que me decía la rubia al oído. Me desesperaba por convencerlas de que me acompañaran a un lugar más tranquilo pero ellas parecían saber que el ruido nos seguiría a todos lados. El colmo fue cuando las chicas me rechazaron con un ademán de desprecio y se fueron con un musculoso que bajaba de un descapotable mientras les decía: “Tranquilas, chicas, mi alarma es silenciosa”.
Quedarme solo fue desesperar. Sin medir las consecuencias agarré la escopeta que tenía debajo de la cama y sin constatar si estaba o no cargada saqué el caño por la ventana y disparé seis tiros seguidos al auto que escandalizaba al barrio. Sentí los vidrios rotos, sentí el golpe de mi cabeza contra la pared y sentí que la alarma seguía sonando. Fuerte y claro. Fue entonces cuando desperté del todo y vi el desbarajuste que había armado. Ahí no había rubias, ni caña legui, ni descapotable: el paraguas haciendo las veces de escopeta había golpeado el espejo de la cómoda, lo había roto y del susto me había dado la cabeza contra el respaldar de la cama. Y la alarma, afuera, sonaba y sonaba.
No soy supersticioso pero no me gustó nada lo del espejo roto. Había empezado a dolerme la cabeza y no lograba conciliar el sueño. Probé diferentes métodos: tapones en los oídos, cinta adhesiva en las ventanas, improperios lanzados al azar dirigidos al dueño del auto cuya alarma no paraba de sonar. Aullaba como un gato en celo. Algunos vecinos siguieron mi iniciativa de gritos y protestas, pero nada conseguía acallar a esa maldita alarma. “A esta altura, ya se podrían haber robado el auto tranquilamente porque lo que es el dueño, ni enterado” pensé, aunque casi ni escuchaba mis pensamientos. Hacía ya 40 minutos que la alarma no paraba de sonar. Decidido a no poder conciliar el sueño me vestí con intenciones de ir a la farmacia más cercana en busca de un paliativo para mi dolor de cabeza.
Apenas bajé me detuve unos minutos frente al cuerpo del delito: un WV Polo, verde oscuro, vidrios polarizados, gauchito gil colgando del espejito. Inmutable, el auto seguía ululando en sus distintos pitidos insulsos. Niru, niru, niru. Ua ua ua. Iu iu iu. Ajeno a los transeúntes que a su vez, pasaban ajenos al griterío electrónico. No alcanzaba a entender la escena: soy un Superhéroe y tengo mis sentidos alterados, híper sensibilizados. Pero puedo comprender perfectamente cuál es el nivel auditivo medio de la ciudadanía. ¿Es que a nadie parecía molestarle el insoportable ruido de esa alarma?
Memoricé los datos de la patente como si con esa información pudiera hacer algo. Bueno, tal vez podía. Denunciar, por ejemplo, al dueño del auto por “abandono de vehículo en pleno ataque histérico del móvil”. Pero para eso tenía que encontrar una Sociedad Protectora de Automóviles Abandonados, que no dudaba que existiera, sólo que no estaba seguro de que tuvieran una filial en la ciudad.
La farmacia estaba a tres cuadras. Sólo tres cuadras en las que para mi desgracia me crucé con otros tres autos que sonaban a troche y moche como en un carnaval. Y una vez más, nadie aparecía corriendo ante el inminente atraco, nadie acalorado temiendo hallar un cuadro desagradable. Como un ingrediente más del paisaje, como las palomas de la plaza, como los arbolitos que cambian dólares, como el cieguito que canta canciones de Arjona, las alarmas parecían ser la música de fondo de la vida cotidiana de la ciudad.
Describo la postal a grandes rasgos: mi cabeza estaba a punto de estallar y el sonido ululante me atravesaba el cráneo; un Ford Falcon que sonaba a mi lado estaba escoltado por dos perros callejeros que ladraban a ritmo de la alarma; una mamá que se paró cerca de mí para cruzar la calle no conseguía acallar el llanto de su vástago, un bebé de pocos meses que gritaba tan fuerte como Gina María Hidalgo. Tal vez por todo eso junto comprendí que alguien tenía que hacer algo al respecto. Y ese alguien era yo.
- ¡¡ C´est inconcebible !!- grité saturado, al borde de la histeria. Pero entre tanto barullo nadie pareció escuchar mi aullido.
Aturdido, me encerré en mi taller-oficina (afortunadamente la alarma de abajo había parado de sonar) y comencé con los bocetos de mis ideas. No fue fácil: nunca había hecho algo semejante. Para ser sinceros, el campo de las ideas no era mi especialidad, lo mío fue siempre más una cuestión de cumplir órdenes, rescate a aquella señora, impida tal atraco, escolte a tal ministro. Pero esto de pensar no era lo mío. Por eso tal vez las ideas que iban surgiendo no eran de lo más ingeniosas. Repaso aquí sólo algunas de las posibilidades.
. Exigir el derecho del ciudadano a apedrear el auto en cuestión luego de 10 minutos de estar sonando ininterrumpidamente y sin que aparezca su dueño; invocando el derecho de igualdad: “Si el auto me rompe los tímpanos, yo rompo el parabrisas”. Pero consideré que esto podía traer más problemas ya que alentaba a los violentos de siempre. Y yo debo bregar por la no violencia, ya casi lo había olvidado.
. Identificar el auto alarmante de manera tal de que el dueño tuviera que pagar una multa, más abultada mientras más minutos sonara. Esto obligaba a estar muy atento y establecer un sistema de conteo de minutos que fuera preciso y justo tanto para el damnificado como para el damnificador. Lo descarté por difícil de implementar.
. Propiciar Ringtones personalizados para alarmas de autos. Había llegado a la conclusión de que, al ser todas las alarmas iguales, nadie hace caso de ellas ya que piensan: “A mí no me va a pasar, le estarán robando el auto al boludo de al lado”. Con este sistema, cada auto tendría una alarma personalizada de manera tal de que, al sonar “Rapsodia bohemia” su dueño saldría disparado sabiendo que es el suyo. Y nos regalaría a todos una bonita canción en lugar de ese ulular intolerable. Sólo que… el cancionero popular también incluye músicas de dudoso gusto y tal vez escuchar “Voy a comerte el corazón a besos” o “Bombón asesino” una y otra vez podía ser más nocivo aún que las alarmas actuales. Descarté entonces esta posibilidad por intolerancia musical.
. Exigir el derecho a pinchar una rueda del auto cada 10 minutos de alarma sonando. Esto obligaba a ir munido de herramientas adecuadas ya que los neumáticos de hoy no soy así nomás de blanditos. Y estimulaba el espíritu vengativo y la violencia mencionada en la opción 1. También descartada.

Revisé libros, navegué por internet, consulté Billiken, pero no daba con ninguna solución para el flagelo de las alarmas. De pronto sonó el celular con un mensaje de texto y mientras insultaba a la compañía por mandarme promociones se me iluminó la mente. La alarma del auto debía estar conectada de tal forma que contactara al dueño a su celular. El ulular insoportable sonaría entonces sólo para el dueño y para nadie más. Podía agregarse una especie de advertencia para el posible atracador del auto (si es que había uno, ya que en ningún caso en que escuché una alarma sonando vi ningún sospechoso a 100 metros a la redonda). Algo así como una pequeña descarga eléctrica o un calor extremo que produjera quemaduras sólo en grado 1. Pero luego pensé en esas señoras que olvidan desactivar la alarma y las imaginé con el peinado chamuscado, desesperadas por atender el celular pensando que quien las llama es el personal trainer; y concluí que era una medida demasiado peligrosa.

Sin dudas la propuesta debía ser mejorada pero aún así me parecía mejor de lo que existía en el mercado. Ilusionado, preparé un powerpoint con las etapas del proyecto, me vestí con un traje que tenía guardado del casamiento de mi primo y salí a ofrecer la brillante novedad al mercado. Recorrí negocios, empresas de alarmas, concesionarios de autos. Todos se rieron de mi propuesta y hasta pensaron que intentaba venderles celulares. Fui a las compañías de teléfonos móviles, pero pensaban que quería venderles autos. Nadie se hizo eco de mi proyecto. Desahuciado, luego muchos intentos estériles, acepté mi fracaso.
Sólo cuando vi por televisión el aviso de “Alarma Atento. Te avisa sólo a vos, y todos contentos” entendí que mi idea había sido vilmente robada y más aún, perfeccionada. No utilizaban celulares sino un aparatito especial que hacía las veces de Mp3, radio, linterna y afeitadora. Sentí ira ante la injusticia pero recordé que mi misión en la tierra distaba de hacer negocios o ser famoso. Mi tarea es hacer la vida cotidiana un poco más llevadera. Nunca me reconocieron la autoría intelectual y no vi un solo centavo de la abultada facturación que le significó a la empresa. Pero no me importó. La calle estaba ahora un poquito más tranquila, los autos más silenciosos, los transeúntes sonrientes. Satisfecho observaba la escena sentado en un bar del microcentro. Pero otra postal comenzó a resultarme perturbadora. Todavía quedaba mucho por hacer.
[Continuará]